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4a. Ordinario año impar (Id=117)
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Sálvanos, Señor y Dios nuestro; reúnenos de entre las
naciones, para que podamos agradecer tu poder santo y sea nuestra gloria
alabarte.
Concédenos,
Señor, Dios nuestro, amarte con todo el corazón y, con el mismo amor, amar a
nuestros prójimos.
Por nuestro Señor Jesucristo...
Amén.
Corramos con perseverancia la carrera que tenemos por
delante
Lectura de la carta a los Hebreos
12, 1-4
Hermanos: Ya que estamos rodeados de tal nube de testigos,
liberémonos de todo impedimento y del pecado que continuamente nos asalta, y
corramos con perseverancia en la carrera que se abre ante nosotros, fijos los
ojos en Jesús, autor y perfeccionador de la fe, el cual, animado por la alegría
que le esperaba, soporto sin acobardarse la cruz y ahora está sentado a la
derecha del trono de Dios. Fíjense, pues, en aquél que soportó en su persona
tal contradicción de parte de los pecadores, a fin de que no se dejen vencer
por el desaliento.
Ustedes no han llegado todavía a derramar la sangre en su combate contra el
pecado.
Palabra de Dios.
Te alabamos, Señor.
Sal 21, 26b-27.28.30.31-32
Alaben al Señor los que lo buscan.
Laudábunt te, Dómine, qui te requírunt.
Cumpliré mis votos en presencia de quienes lo respetan.
Comerán los humildes y se saciarán, alabarán al Señor los que lo buscan; viva
su corazón por siempre.
Alaben al Señor los que lo buscan.
Laudábunt te, Dómine, qui te requírunt.
Al recordarlo retornará al Señor la tierra entera, todas las
naciones se postrarán ante él. Sólo ante él se postrarán los grandes de la
tierra, ante él se inclinarán todos los mortales.
Alaben al Señor los que lo buscan.
Laudábunt te, Dómine, qui te requírunt.
Mi descendencia le rendirá culto, hablarán de él a la generación
venidera, narrarán su salvación a los que nacerán después, diciendo: "Esto
lo hizo el Señor".
Alaben al Señor los que lo buscan.
Laudábunt te, Dómine, qui te requírunt.
Aclamación antes del Evangelio
Aleluya, aleluya.
Cristo hizo suyas nuestras debilidades y cargó con nuestros dolores.
Ipse infirmitátes nostras accépit, et aegrotatiónes nostras
portávit.
Aleluya.
¡Óyeme, niña, levántate!
† Lectura del santo evangelio según san Marcos
5, 21-43
Gloria a ti, Señor.
En aquel tiempo, al regresar Jesús a la otra orilla, se le
aglomeró mucha gente mientras él permanecía junto al lago.
Entonces llegó uno de los jefes de la sinagoga, llamado Jairo. Al ver a Jesús,
se echó a sus pies y le suplicaba con insistencia, diciendo:
"Mi niña está agonizando; ven a poner las manos sobre ella para que sane y
viva".
Jesús se fue con él. Mucha gente lo seguía y lo apretujaba. Una mujer que,
padecía hemorragias desde hacía doce años, y que había sufrido mucho con los
médicos, que había gastado todo lo que tenía sin provecho alguno y más bien
había empeorado, oyó hablar de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y
tocó su manto. Pues se decía: "Si logro tocar aunque sólo sea su manto,
quedaré sana".
Inmediatamente se secó la fuente de sus hemorragias y sintió que había quedado
sana. Jesús se dio cuenta en seguida de la fuerza que había salido de él, se
dio vuelta en medio de la gente y preguntó:
"¿Quién ha tocado mi ropa?"
Sus discípulos le contestaron:
"Ves que la gente te está apretujando ¿y preguntas quién te ha
tocado?"
Pero él miraba alrededor a ver si descubría a la que lo había hecho. La mujer,
entonces, asustada y temblorosa, sabiendo lo que le había pasado, se acercó, se
postró ante él y le contó toda la verdad.
Jesús le dijo:
"Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz; estás liberada de tu mal".
Todavía estaba hablando cuando llegaron unos de casa del jefe de la sinagoga
diciendo:
"Tu hija ha muerto; no sigas molestando al Maestro".
Pero Jesús, que oyó la noticia, dijo al jefe de la sinagoga:
"No temas; basta con que sigas creyendo".
Y sólo permitió que lo acompañaran Pedro, Santiago y Juan, el hermano de
Santiago.
Llegaron a casa del jefe de la sinagoga y, al ver el tumulto, unos que lloraban
y otros que daban grandes gritos, entró y les dijo:
"¿Por qué este tumulto y estos llantos? La niña no ha muerto; está
dormida".
Pero ellos se burlaban de él. Entonces Jesús echó fuera a todos, tomó consigo
al padre de la niña, a la madre y a los que lo acompañaban, y entró adonde estaba la niña. La tomó de la mano y le dijo:
"Talitha kum"
(que significa: Niña, a ti te hablo, levántate).
La niña se levantó al instante y se puso a caminar, pues tenía doce años.
Ellos se quedaron totalmente admirados. Y él les mandó con insistencia que
nadie se enterara de lo sucedido, y les indicó que dieran de comer a la niña.
Palabra del Señor.
Gloria a ti, Señor Jesús.
Acepta,
Señor, estos dones que te presentamos en señal de sumisión a ti, y conviértelos
en el sacramento de nuestra redención.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén.
La alabanza, don de Dios
En
verdad es justo y necesario, es nuestro deber y salvación, darte gracias
siempre y en todo lugar, Señor, Padre santo, Dios todopoderoso y eterno.
Pues, aunque no necesitas nuestra alabanza, ni nuestras bendiciones te
enriquecen, tú inspiras y haces tuya nuestra acción de gracias, para que nos
sirva de salvación, por Cristo, Señor nuestro.
A quien alaban los ángeles y los arcángeles, proclamando sin cesar:
[Misa]
Ven, Señor, en ayuda de tu siervo y sálvame por tu
misericordia. Que no me arrepienta nunca de haberte invocado.
Oración después de la Comunión
Que el sacramento del Cuerpo y la Sangre de tu Hijo que
acabamos de recibir, nos ayude, Señor, a vivir más profundamente nuestra fe.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
Amén
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